Un vagón de ganado utilizado para llevar a los deportados en las vías de Auschwitz-Birkenau

¿Cómo sobrevivir a Auschwitz? (III): la adaptación al modus operandi del campo de concentración

Auschwitz obligaba a aprender muy deprisa una regla que parecía reservada al mundo natural: adaptarse o morir.

Comprender el funcionamiento del campo y hacerlo rápido aumentaba las posibilidades de salir con vida, aunque nunca lo garantizaba en un entorno creado para el asesinato masivo de personas.

Señal de advertencia junto a las alambradas del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau
Foto de Jan Levínský en Unsplash

El régimen de la ‘organización’

Dentro de las alambradas imperaba un régimen que llegó a tener un nombre en la jerga del campo: ‘la organización’. De este se beneficiaba desde el último eslabón de la cadena, el de los prisioneros judíos, hasta el primero, el de los SS nazis encargados de administrar el campo.

‘Organizar’ consistía en robar e intercambiar objetos por otros objetos, dinero o comida; algo que estaba terminantemente prohibido en las normas del campo de concentración y en lo que casi todos contribuían ignorando las advertencias.

Muchos de ellos lo hacían por necesidad o para ayudar a los demás, y en el otro lado de la moneda, a costa de los reclusos, los SS se beneficiaban de ello. Existía, además, una tercera vertiente: la del instinto de supervivencia llevado al límite. Para algunos significó cruzar la línea de la solidaridad y traicionar a otros prisioneros con tal de obtener una mejor posición dentro del campo.

«El Dorado de Auschwitz»

La ‘organización’ nacía en un lugar llamado Kanada o Effektenlager. Los propios prisioneros lo llamaron Canadá porque, en aquella época, se consideraba este país una tierra lejana de riquezas y abundancia.

Cuando un deportado entraba en Auschwitz, lo hacía bajo engaños, y es por eso por lo que muchos de ellos llevaban consigo comida, objetos de valor, dinero e incluso utensilios de cocina.  

Utensilios de cocina amontonados, pertenecientes a los deportados en Auschwitz-Birkenau
Foto de William Warby en Unsplash

Una vez ingresaban en el campo, ya fueran enviados a trabajar forzosa o directamente a las cámaras de gas, eran despojados de todo lo que traían consigo. El comando encargado de trabajar en las cámaras de gas —Sonderkommando—, retiraba también dientes de oro u otros bienes que pudieran haber quedado ocultos en los cuerpos sin vida.

Todas las pertenencias se amontonaban en el barracón de los efectos personales, donde trabajaban algunos presos considerados privilegiados. Estos se encargaban de ordenar y clasificar unas pertenencias que ya no eran propiedad de sus dueños, sino del Reich alemán.

La riqueza guardada en estos almacenes sirvió para que, en poco tiempo, el Canadá de Auschwitz se convirtiera en lo que el periodista Jonathan Freedland describe en El maestro de la fuga en “el lugar más rico y lujoso de Europa” en ese momento.

¿Bondad o perversión?

Como cuenta la superviviente polaca Seweryna Szmaglewska en su libro Una mujer en Birkenau, las prisioneras empleadas en Kanada se jugaban la vida a diario ‘organizando’ objetos de valor o dinero para hacer trueques o enviarlo a partisanos y soldados aliados.

Maletas amontonadas de los deportados en el museo de Auschwitz-Birkenau
Foto de Jean Carlo Emer en Unsplash

Las mujeres guardaban ropa de abrigo para los prisioneros que se encontraban en peores condiciones o enfermos; y comida para aquellos que estaban famélicos.

Aunque esta es la parte más conmovedora y genuina del régimen de la ‘organización’, la realidad es que el campo llegó a convertirse en una especie de mercado negro a pequeña escala.

Los supervivientes Primo Levi y Viktor Frankl contaron que unos cuantos trataban de robar a costa de los demás.

El superviviente Viktor Frankl, escritor de El hombre en busca de sentido, analizó desde su perspectiva de psicoanalista los comportamientos de los reclusos en el campo de concentración.

Dijo que era posible que el instinto de supervivencia les hiciera perder parte de su humanidad. Por ejemplo, cuando los cadáveres eran transportados y los reclusos veían la oportunidad, aprovechaban para dejar a los recién fallecidos completamente desnudos.

Sin embargo, es preciso comprender que los prisioneros se enfrentaban a diario a situaciones límite. ¿Vivir en la posibilidad de morir de frío con tal de no perder el respeto por los compañeros muertos o robar su ropa de abrigo y otros objetos para intercambiar y tener más probabilidades de sobrevivir?

Levi admite que sobrevivir en Auschwitz sin haber hecho nada inmoral era algo propio de “poquísimos individuos superiores, de la madera de los mártires y de los santos”.

Sobrevivir en un contexto hostil

Por esto y mucho más, se puede calificar Auschwitz como un lugar perverso y pervertido en el que sobrevivir suponía a cada minuto una difícil y complicada prueba.

Dentro del campo, los nazis se convirtieron en una pieza más del ‘juego’ de la vida y la muerte que se libraba cada día, aprovechándose de las nefastas condiciones en que mantenían a sus prisioneros y a lo que esto les conducía.

Szmaglewska llegó a escuchar al comandante del campo jactarse de que si un prisionero vivía más de seis semanas en aquel lugar solo podía ser porque había “aprendido a hacer chanchullos”.

La realidad es que ya fuera en beneficio de la bondad genuina de aquellos que trabajaban en el Canadá, o siendo más ávido y quizá más egoísta que otros, el régimen de la ‘organización’ ayudó a muchos a resistir en un lugar completamente hostil.

Bibliografía

  • Frankl, Viktor. El hombre en busca de sentido.
  • Freedland, Jonathan. El maestro de la fuga: el hombre que escapó de Auschwitz para alertar al mundo.
  • Levi, Primo. Si esto es un hombre.
  • Szmaglewska, Seweryna. Una mujer en Birkenau.

Para saber más:

  • De Wind, Eddy. Auschwitz, última parada: cómo sobreviví al horror (1943-1945).
  • Rees, Laurence. Auschwitz: Los nazis y la «solución final».
  • Salmoní, Rubino Romeo. He derrotado a Hitler.