Imagen de Auschwitz, barracones, paseo nevado

¿Cómo sobrevivir a Auschwitz? (I)

El silencio, la culpa y las primeras preguntas tras la liberación

¿Qué pasó cuando los supervivientes de Auschwitz regresaron a la vida? Se encontraron con algo que no se parecía en nada a lo que habían soñado antes de ser liberados.

Cualquiera pensaría que después de pasar meses o años en un infierno tal como el campo de concentración de Auschwitz, los demás te recibirían con alegría, que disfrutarías por fin de tu ansiada libertad, y que todos estarían dispuestos a escuchar los horrores que habías presenciado.

Sin embargo, lo que Eddy de Wind describió como “el gran anhelo”, su libertad, el fin de los golpes, el trabajo, las listas y la muerte…, se truncaba rápidamente cuando se encontraban con la realidad, que no era más que hostilidad y desconfianza.

Más allá de los rumores que habían circulado o lo que algunos habían podido leer en la prensa clandestina, la única forma de saber entonces lo que había ocurrido en los campos era a través de la palabra de los supervivientes. Y, sin embargo, nadie quería escuchar.

Viktor Frankl lo sintió como “amargura y desencanto”. Lejos de ser recibidos con empatía, supervivientes como él eran acogidos de nuevo entre la normalidad del día a día con encogimientos de hombros y “frases rutinarias”.

Parecía que todos quisieran imponer el dicho de que el tiempo todo lo cura —en silencio—, pero aquella idea no encajaba con la pretensión de otros como Jean Améry, quien negaba categóricamente todo aquello que pudiera sonar a “superar o justificar lo insuperable e injustificable”.

Después de Auschwitz

Durante meses e incluso años, los supervivientes solo hablaron de lo sucedido con personas que habían sufrido lo mismo. Entendían que nadie era capaz de comprenderlos, y en silencio ocultaban los traumas y todo lo que sufrían.

Algunos como Rubino Romeo Salmoní contaban a sus hijos y nietos la experiencia “a través de anécdotas divertidas e irónicas”. 

Ginette Kolinka se preguntaba cómo iba a dar detalles de lo que había vivido y sufrido a personas cuyas familias no habían regresado. Aunque todo el mundo quería visitarla, nadie le preguntaba cómo estaba.

Diario antiguo manuscrito
Foto de Nick Russill en Unsplash

La necesidad de contar al mundo lo sucedido imperaba en el espíritu de muchos de ellos. Primo Levi, por ejemplo, había comenzado a escribir su historia en el laboratorio de Auschwitz, a escondidas y jugándose la vida.

Sin embargo, tuvo que ver cómo su libro se convertía en un escrito olvidado. Esto hizo que, por un periodo de tiempo, pareciera que aquel episodio vital para el conocimiento de parte de la humanidad fuese a quedar enterrado para siempre, cumpliendo con uno de los objetivos de los nazis.

Junto a todo ello, lo más cruel que los que sobrevivieron tuvieron que asimilar a su vuelta fue el sentimiento de culpa. La culpa de haber sobrevivido cuando tantos otros no habían podido regresar.

¿En qué eran ellos mejores que todos los millones de personas que habían perecido?

En aquel universo de desconfianza, muchos de los que habían estado fuera pensaban que los supervivientes no podrían haber sobrevivido sin haber hecho nada cuestionable.

Lo que sí es cierto es que, en palabras del propio Primo Levi, sobrevivir sin haber hecho nada inmoral era algo propio de “poquísimos individuos superiores, de la madera de los mártires y los santos”.

No fueron necesariamente los más íntegros quienes volvieron con vida, sino aquellos que, en muchos casos, habían logrado adaptarse a un sistema que hacía casi imposible mantenerse moralmente intacto.

Preguntas imposibles

Algunos historiadores, como Laurence Rees, han apuntado a explicaciones sencillas que explican una mayor resistencia —al menos física— de algunos prisioneros que sobrevivieron más tiempo.

Imagen de montaña de zapatos de las víctimas en el museo de Auschwitz-Birkenau
Foto de Lidia Stawinska en Unsplash

Al parecer, las personas que provenían de la clase humilde aguantaban mejor las malas condiciones de vida: el duro trabajo, el hambre o el frío. Y aquellas personas acostumbradas a una vida más acomodada morían pronto o tenían mayores probabilidades de ser enviados a las cámaras de gas por su debilidad o la imposibilidad de trabajar.

Esta teoría, no obstante, es solo una parte del gran entramado de factores que podrían haber influido en la supervivencia en el campo de concentración.  

La primera gran selección al llegar al campo de concentración era el momento más decisivo. Izquierda o derecha. Gas o trabajos forzados.

Después, el oficio desempeñado, la adaptación, la ayuda recibida, la propia resiliencia personal…cada factor favorecía o perjudicaba a los prisioneros.

La suerte, mencionada una y otra vez en los testimonios de los supervivientes, tuvo un papel protagónico en Auschwitz. Quizá por eso cualquier intento de responder a la gran pregunta acaba en un mismo lugar: no hay una sola explicación posible.  

A partir de aquí, la serie sobre la supervivencia en Auschwitz se detendrá, parte por parte, en algunos de esos factores. El primero de ellos tiene que ver con algo aparentemente simple, pero decisivo: el trabajo dentro del campo.

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