Estadio de la Súper Bowl estadounidense

Super Bowl 2026: un manifiesto contra el odio a ritmo de salsa y reggaetón

El pasado domingo, el cantante puertorriqueño Bad Bunny fue el encargado de amenizar la Super Bowl. Un espectáculo que terminó siendo una oda a la cultura latina y culminó en una auténtica fiesta musical. Una fiesta que, en Estados Unidos, no fue del gusto de todos.

Cada año, el Halftime Show de la Super Bowl despierta más interés a nivel internacional que el propio partido. Al fin y al cabo, se trata de fútbol americano, pero también —y cada vez más— de un escaparate cultural y político.

Y es que la Super Bowl —o el Supertazón— no es más que la final de la Liga Nacional de fútbol americano en Estados Unidos. Un acontecimiento que reúne a millones de personas frente al televisor y que tradicionalmente ha funcionado como una celebración de la cultura estadounidense.

Artistas como Rihanna, Shakira, Beyoncé o Lenny Kravitz, así como figuras ya históricas como U2, Paul McCartney o Bruce Springsteen, han sido algunos de los elegidos en ediciones anteriores. El partido se celebra desde 1967 y cuenta con un espectáculo musical en el descanso desde sus orígenes.

No se trata de la primera vez que un Super Bowl Halftime Show ha despertado la polémica, pues casi siempre ha sido un espacio utilizado para reflejar cultura, cambios sociales o incluso reivindicaciones por parte de los diferentes artistas. Por ejemplo, en 2016 Beyoncé apoyó el movimiento Black Lives Matter.

Cabe mencionar que los encargados de elegir quién ameniza la Super Bowl son los productores y la propia NFL. En esta ocasión, eligieron al cantante Bad Bunny por su alcance y popularidad a nivel mundial. Hace apenas unas semanas veíamos al puertorriqueño ganar el Grammy de 2026 por el álbum DeBÍ TiRAR MáS FOToS.

Este álbum, lanzado en enero de 2025, había catapultado al cantante de la categoría de música más urbana y comercial a un lugar más distinguido en la industria musical. La combinación de salsa y boleros con dembow y reggaetón consiguió consolidar a Bad Bunny como uno de los artistas más cotizados de la época.

Si bien el cantante ya había ido demostrando que estaba dispuesto a posicionarse claramente políticamente, en la Super Bowl terminó de rematar la faena. Benito Antonio aprovechó la ocasión para reivindicar la cultura latina, algo que, en el contexto actual, suponía una bomba de relojería.

La controversia previa al espectáculo

Las redes sociales se han convertido hoy en uno de los principales espacios donde la ciudadanía expresa y discute lo político. Alejados de los grandes debates institucionales en congresos y senados, y con la única posibilidad de votar cada cierto número de años, muchos ciudadanos participan de la vida pública a través de sus interacciones en Internet, que funciona ya como el ágora más contemporánea.

Primer plano de las redes sociales en la pantalla de un teléfono móvil
Foto de Shutter Speed en Unsplash

Desde hace unos meses, el debate público se centra, entre otros asuntos, en los intentos de hegemonía del controvertido presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Recientemente, ante la noticia de que sería Bad Bunny el artista elegido para el espectáculo del descanso, muchos estadounidenses ponían el grito en el cielo, y desde el otro lado del mundo presenciábamos el berrinche a través de nuestras pantallas.

Un momento viral reciente mostraba la discusión entre las comentaristas estadounidenses Tomi Lahren y Krystal Ball. Lahren preguntaba a Ball su opinión sobre la elección de Bad Bunny, y esta contestaba que no entendía el “big deal”, cuando él era un artista americano. Entonces, Lahren la interrumpe: “Él no es americano”, y Ball contesta: “Él es puertorriqueño, eso es parte de América, querida”.

Cuesta entender que sea cierto que en EE. UU. aún crean en el discurso etnocentrista que nos ha llevado incluso, en Europa, a cometer muchas veces el error de llamar América a los Estados Unidos (solo un error de lenguaje para la mayoría). No deja de sorprender que una potencia global arrastre aún lagunas tan básicas en geografía e historia política.  

“The only thing more powerful than hate is love”

El colofón de la controversia tenía lugar el pasado 8 de febrero. cuando Benito (Bad Bunny) se subía al escenario de la Super Bowl 2026. Entre sus invitados estrella: Lady Gaga y Ricky Martin. La cantante neoyorquina interpretó una versión salsa de su tema Die With a Smile, ataviada con un estilo caribeño y rodeada de músicos y bailarines. Terminó su contribución bailando junto a Bunny, al que agradeció su inclusión en el espectáculo más tarde a través de las redes sociales.  

El momento más comentado fue el manifiesto en contra del odio lanzado por el puertorriqueño, reivindicando la inclusión de todos los países del continente americano con el lema God bless America, tan utilizado por la cultura norteamericana. El gesto despertó la indignación del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien, en el perfil de su propia red, Truth Social, calificó el espectáculo como “uno de los peores de la historia”, y una “bofetada” para el país.

Hombre con camisa blanca a rayas tocando un djembé
Foto de Clem Onojeghuo en Unsplash

«Mientras uno esté vivo, uno debe amar lo más que pueda», reza una de las canciones de Bad Bunny. Ese parece ser el hilo conductor de su gesto: una respuesta al hate speech que se expande con facilidad y que, con demasiada frecuencia, es instrumentalizado por unos y otros para reforzar sus propios discursos.

Lo cierto es que nadie —ostente el cargo que ostente— tiene derecho a querer borrar del mapa político a otros. La historia nos recuerda, con demasiados ejemplos, lo que ocurre cuando el poder lo intenta —y en ocasiones lo consigue—.

Y también nos advierte de que esa tentación no entiende de siglas ni de bandos: atraviesa todo el espectro ideológico y sigue presente, bajo distintas formas, en nuestro tiempo.

Este artículo se apoya en material audiovisual viral y en la cobertura de medios como BBC News y El Mundo.