“Love & Death es una dramatización de eventos reales. Los diálogos, las escenas y algunos acontecimientos han sido modificados o creados para fines dramáticos”.
Es el aviso que aparece tras cada capítulo. Una advertencia breve que solemos ver en todas las docuseries y que probablemente el espectador pasa por alto, pero que contiene una de las claves más incómodas del true crime actual.
No es la primera vez que una plataforma se interesa por la historia de Betty Gore y Candy Montgomery. En 2022 ya vimos una adaptación similar en Candy, y ahora, con su llegada a nuevos catálogos como Love & Death, la historia ha vuelto a cobrar fuerza, especialmente en España.
La historia tiene todos los elementos para convertirse en fenómeno de masas: un entorno aparentemente inofensivo, dos amigas, una infidelidad y un asesinato brutal. Pero el verdadero interés no está solo en lo que se cuenta, sino en cómo se cuenta.
Porque el true crime contemporáneo no se limita a narrar hechos: los interpreta, los reconstruye, en muchos casos, los reescribe y nos concede a la audiencia el testigo de decidir qué partes de la historia creemos y cuáles quedan «escondidas» bajo el gran paraguas de «fines dramáticos».
El éxito del true crime y sus límites
La moda del true crime en plataformas no es algo nuevo, pero sí cada vez más evidente. Lejos de agotarse, el género sigue creciendo. Esto es porque nos atrae el crimen, pero sobre todo nos atrae que nos lo cuenten como si fuera ficción.
Es la clave que convierte un documental sobre crímenes —solo interesante para los verdaderamente amantes del género— en un fenómeno del que todo el mundo habla.
El problema no es que se ficcionalicen ciertos elementos, sino el espacio difuso en el que se mueven esas decisiones creativas. Ese “para fines dramáticos” envuelve desde la recreación de diálogos hasta la construcción emocional completa de los personajes. Y ahí comienza el conflicto, porque no se trata de personajes.

No debemos olvidar que, al fin y al cabo, se trata de personas reales que vivieron una tragedia real. Y hay un elemento que nunca puede equilibrarse: jamás podremos contar con la versión de la persona que fue asesinada.
Sin embargo, en la serie podemos verla, oírla, interpretarla, casi como si hubiera participado en la construcción de su propio personaje. Como si Betty Gore también estuviera presente. Pero no lo está.
La empatía por el personaje asesino
Aunque la interpretación de este tipo de series siempre tiene un componente subjetivo, hay una tendencia clara en muchas producciones: la humanización del asesino.
No solo se les sitúa en el centro del relato, sino que se construye alrededor de ellos una narrativa compleja, detallada, emocionalmente rica. Se exploran sus motivaciones, sus conflictos internos, sus traumas. Podemos dudar, creerlos y hasta empatizar.
Y es entonces cuando surge una pregunta inevitable: ¿quién es realmente el protagonista de estas historias? Porque mientras al asesino se le concede profundidad, la víctima muchas veces queda reducida a una función narrativa.
Otros medios, como la prensa, operan bajo códigos deontológicos que obligan a una cierta distancia y a una búsqueda de objetividad. Eso, en ocasiones, limita la carga emocional del relato. Pero también evita que la historia se desplace hacia un terreno donde la empatía puede volverse problemática.
En la ficción, ese límite no existe, y la interpretación del espectador cada vez está más condicionada.
Dos relatos, dos tratamientos
En Love & Death, tenemos por un lado a Candy Montgomery, la asesina. Una mujer muy devota de la iglesia metodista, con una vida aparentemente perfecta. Su historia se despliega con detalle desde el inicio de la serie: sabemos cómo se siente, qué piensa, qué la empuja a actuar. Incluso se nos presentan posibles traumas o conflictos internos que ayudan a construir una lógica, una explicación.
Por otro lado, Betty Gore, la víctima. Mismo perfil de mujer religiosa y ama de casa. Sin embargo, la serie nos muestra una Betty atormentada, vulnerable, en ocasiones brusca, incluso con el párroco de la iglesia.
Vemos su reacción al descubrir la infidelidad y su comportamiento en momentos de tensión. Pero su construcción es la de un personaje secundario, más superficial, y con un componente que casi justifica las acciones del personaje principal por el que es probable sentir una mayor cercanía.

No se trata solo de cuánto se cuenta de cada una, sino de cómo eso condiciona la percepción del espectador. Cuando entendemos en profundidad a un personaje, tendemos a justificarlo, o al menos a suavizar nuestro juicio. Cuando no, lo reducimos.
Es lo que ocurre con el personaje de Betty y la gran profundidad con que nos introducen y se desenvuelve el personaje de Candy de principio a fin.
El riesgo de construir un relato único
El juicio y su veredicto tuvo su propio desenlace real, nadie fue capaz de determinar que Candy Montgomery era culpable del brutal asesinato, a pesar de haberlo cometido. Y, efectivamente, no corresponde a una serie reescribir una sentencia ni dictar una nueva.
La cuestión no es si una serie debe posicionarse o no, sino hasta qué punto está condicionando la mirada del espectador sin que este sea del todo consciente. Hasta qué punto la subjetividad de crear e interpretar un personaje incide en la realidad de un hecho de un caso que se cerró hace cuarenta y seis años.
En un momento en el que el true crime se consume como entretenimiento, quizá la pregunta no sea si estas series son fieles a los hechos, sino si resulta ético representar una historia que protagonizan personas que sufrieron y no están para contar su versión.
Porque cuando la narrativa se construye desde la mezcla de la verdad y lo que nadie sabe realmente, el riesgo no es solo deformar la realidad, sino también desplazar la memoria de la víctima. Y en historias como la de Betty Gore, eso no es un matiz narrativo, sino una decisión creativa que afecta al mundo real.
Imagen destacada: Foto de Markus Spiske en Unsplash

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