El mal nos perturba de forma directamente proporcional al modo en que nos fascina. Pero, ¿cuál es el problema real?
Durante los últimos años, las grandes plataformas audiovisuales, en especial Netflix, Disney+ y HBO Max, se han dedicado a la producción de numerosas series y películas basadas en sucesos terribles que han ocurrido en la realidad.
De esta forma, han creado fenómenos de masas en forma de docuseries que interesan a (casi) todos y que se sitúan en el top de los más vistos en minutos. Sin embargo, pocos se han preguntado cuál es la consecuencia real de esta moda viral.
La fascinación por el mal
A muchos nos interesa la tragedia ajena porque lo consideramos algo insólito. La mayoría no hemos experimentado una situación de tal tesitura, por lo que nos llama la atención y queremos saberlo todo sobre el suceso.
Este interés no es nuevo, pues ya en el siglo XVII existían los canards franceses, que eran panfletos en los que se podían leer noticias impactantes como terremotos o azañas piratas. Este tipo de noticias fueron las precursoras del sensacionalismo.
Entre los siglos XVI y XVII se popularizaron las novelas criminales, y más adelante, ya en el siglo XIX la ‘prensa del penique’, que contenía noticias morbosas sobre delitos o catástrofes.
Ya en el siglo XX y principios del XXI, los amantes del terror solían deleitarse con las películas o los libros de este género.

¿Documental o docuserie?
Hoy en día hemos dado un paso adelante, pues parece que ni la prensa de sucesos ni el terror de ficción son capaces de satisfacer el interés generalizado por lo oculto, algo de lo que las grandes plataformas han sabido tomar ventaja.
Con bastante frecuencia vemos nuevos productos basados en tragedias reales, algunos de ellos en dos formatos diferentes: el documental y la docuserie.
Lo que los diferencia de forma más tangible es que el documental puede contar con la participación de algunos de los implicados (policías, investigadores del caso, familiares, etc.), por ejemplo en Crímenes, o The Staircase. Por otro lado, la serie documental o docuserie emplea la fórmula de las series de televisión para representar lo ocurrido, por ejemplo en El cuerpo en llamas o en Monsters.
Otra diferencia fundamental sobrepasa lo visible y se encuentra en la ética. Mientras que el documental debe respetar una serie de códigos periodísticos, la docuserie se ampara en las licencias artísticas para imaginar, representar y crear personajes y escenas a partir de personas y situaciones reales.
Ambos géneros se confunden en la ingente oferta de true crime y crímenes reales, lo que puede ser un problema. El formato docuserie no siempre deja claro qué parte es reconstrucción. En ellas, incluso la persona que ha muerto puede cobrar vida como personaje de ficción, y lo que no se sabe, se imagina y rellena con licencias artísticas o invenciones.
Además, las docuseries se narran de forma que buscan grandes audiencias y repercusión, mientras que el documental tiene por objetivo principal, simplemente, informar y dar detalles sobre el suceso.
Docuserie y documental, aunque diferentes, cuentan con una cierta libertad del creador, sobre todo en cuanto al enfoque. En este sentido, la selección de los participantes y el tono utilizado puede modificar en gran medida la percepción del espectador.
Normalmente, los implicados en el suceso y la propia trama superan a la ficción, encajando perfectamente con los de una serie de éxito: personajes enrevesados a los que no llegamos a comprender del todo, sospechas, crímenes sin resolver, líos amorosos…
Es entonces cuando se suelen dejar de lado los aspectos humanos, y tanto el espectador como los creadores se pueden olvidar de que, tras los personajes, existen personas reales. Personas que, con muchísima frecuencia, ni siquiera han dado su consentimiento para verse reflejados en una serie televisiva.
En el presente, el género true crime triunfa en todos los formatos, por lo que existen muchísimos creadores de contenido (Martha Caballero, dinosaurvlogs…), que dedican sus canales para difundir historias macabras porque saben que atraen a un público mayoritario.
Muchos de ellos no se permiten licencias ni la invención de datos. Simplemente recopilan la información y la presentan a un espectador interesado. En definitiva, traducen casos complejos a un lenguaje accesible.

El caso de Monsters, de Ryan Murphy
Sin embargo, cabe mencionar el caso de Ryan Murphy, el productor y director estadounidense de la popular obra maestra del terror: American Horror Story. En la serie, el espectador entiende que se trata de ficción, aunque aparecen escenas y personajes de sucesos macabros y trágicos de la historia real americana.
Sin embargo, en 2022, Murphy lanza Monsters, y comienza la saga empleando a uno de sus actores estrella como protagonista: Evan Peters.
El concepto, a simple vista, es fácilmente interpretable como un fiel retrato de algunos de los personajes más macabros de la historia real del crimen estadounidense y sus historias: Jeffrey Dahmer, Ted Bundy, Ed Gein…
Sin embargo, el resultado es controvertido y algo cuestionable.
En la primera temporada se cuenta la historia del ‘caníbal de Milwaukee’, Jeffrey Dahmer, quien asesinó a 17 hombres entre 1978 y 1991. Esta primera edición ya recibió duras críticas por no haber tenido en cuenta a las propias víctimas.
En cuanto a la segunda temporada, la serie enmarca el asesinato en 1989 de José y Kitty Menéndez a manos de sus hijos: Erik y Lyle Menéndez. La combinación de factores, rumores y escándalos convierten la tragedia en un «caramelo» para la plataforma. No obstante, el reproche en esta temporada radica en que el espectador puede interpretar todo, rumores y sospechas incluidas, como la verdad de lo que pasó. Una realidad que, sin embargo, nadie conoce, salvo los implicados, entre los que se encuentran quienes ni siquiera pudieron testimoniar porque habían sido asesinados.
En la tercera temporada, adquirida una gran popularidad, la serie aborda la figura de Ed Gein, un célebre y macabro asesino profanador de tumbas estadounidense. Lejos de conocer la historia real de Gein, los espectadores asisten al visionado de una suerte de delirios ficcionales que poco tienen que ver con la historia del asesino.
Para más inri, las escenas, más propias de American Horror Story por la combinación de referencias y extravagancia de los personajes, han tenido la capacidad de mover la compasión y empatía de algunas personas por un hombre que fue conocido como ‘el Carnicero de Plainfield’ y ‘el Necrófago de Plainfield’.

Quizá sería conveniente crear un código ético para las docuseries, una normativa que pueda orientar al espectador y proteger a los implicados, de forma similar al que existe en los documentales, que es un género enmarcado en el periodismo tradicional y por tanto responde a su código ético y deontológico.
El problema real surge en aquellos casos en los que el espectador no puede saber dónde se sitúa la línea entre la verdad y la imaginación. En ellos, lo macabro atrae al público y se antepone el fenómeno de masas y la popularidad de la serie a la dignidad de las personas y la importancia de la verdad al contar hechos reales.
Entonces, las licencias artísticas superan los límites del perjuicio real a los implicados y olvidamos que tanto las víctimas como los victimarios son personas reales, y no personajes de televisión.
Imagen destacada: Foto de Thibault Penin en Unsplash
