Imagen de la entrada al campo de concentración de Auschwitz en blanco y negro con la inscripción 'Arbeit macht frei'

¿Cómo sobrevivir a Auschwitz? (II): el oficio en el campo de concentración

Los trabajos forzados en Auschwitz no eran iguales para todos: el oficio era un factor clave en la supervivencia

“—¿Llevas mucho tiempo aquí?

—Un año.

—¿Se lleva bien esto?

—A veces, si tienes suerte y vas a parar a un buen destino.

—¿Qué es un buen destino?

—Bueno, por ejemplo, la lavandería o el Krankenbau, el hospital. Los destinos en los que te quedas dentro del Lager [campo] durante el día son casi todos buenos.”

En este extracto de Auschwitz, última parada, el superviviente Eddy de Wind relata la conversación que mantuvo con un prisionero veterano al llegar al campo.  

Se trata de una de las evidencias de que, en Auschwitz, no todos los trabajos significaban lo mismo: el destino laboral podía marcar la diferencia entre vivir unas semanas o sobrevivir.

Como resumió Primo Levi, en el Lager hay “trabajos y trabajos”. Excavar, colocar cables, transportar sacos de cemento o travesaños de hierro eran algunas de las tareas destinadas para gran parte de los prisioneros. Los accidentes durante las largas jornadas de trabajo por las inexistentes medidas de seguridad eran constantes.

Además, el trabajo se realizaba al aire libre, bajo condiciones meteorológicas extremas, tanto en invierno por el frío como en verano por el calor.

A todo ello se sumaba la violencia ejercida contra los reclusos, ya fuera para acelerar el trabajo o como parte de la burla, lo que convertía estas tareas en una “sentencia de muerte”, en palabras del superviviente Jean Améry.

Las malas condiciones convirtieron rápidamente a algunos en Muselmänner o musulmanes, término con el que designaban a los prisioneros demacrados y esqueléticos que perdían en pocos días la voluntad y la conciencia y después, la vida. 

El trabajo en el “hospital” de Auschwitz

Aunque las SS tenían sus propios médicos, muchos de los prisioneros que podían servir para los servicios sanitarios eran reclutados para trabajar en el Krankenbau u hospital como médicos o enfermeras.

Su posición les concedía un respiro frente a los trabajos extenuantes, pero no les garantizaba librarse de ellos hasta el final, ni tampoco desempeñarlos desde su entrada en el campo, ya que los destinos podían cambiar de forma arbitraria.

Viktor Frankl trabajó en el exterior hasta que un golpe de suerte lo condujo a su nuevo puesto, y Eddy de Wind alternó entre el hospital y el exterior cuando fue castigado por visitar a su mujer, Friedel, también prisionera.

La misma lógica de oficios se reproducía en el campo de mujeres, Birkenau, donde existían lugares que las prisioneras llamaban “barracones de la felicidad”, en los que algunas afortunadas trabajaban en el interior del campo.

Para ellas, los oficios más privilegiados se llevaban a cabo en las oficinas, la cocina, los depósitos o la panadería. Las demás realizaban trabajos extenuantes en el exterior, al igual que los hombres. 

Auschwitz y el mundo al revés

Una de las grandes ironías de Auschwitz es que las personas que fuera del campo tenían posiciones más privilegiadas por ser intelectuales, como los juristas, profesores, bibliotecarios, historiadores del arte, economistas o matemáticos, dentro del campo no servían para nada al régimen nazi.  

Sin embargo, los mecánicos, albañiles, sastres, zapateros, músicos, cocineros y personas que se habían dedicado a trabajos manuales en sus vidas fuera del campo, tenían mayores probabilidades de sobrevivir.

Personas trabajando en una fábrica antigua
Foto de Birmingham Museums Trust en Unsplash

A su entrada al campo de concentración, hombres y mujeres que habían sido seleccionados para realizar trabajos forzados, eran entrevistados por los médicos. Según cuentan los supervivientes, mostraban predilección por mujeres con cuerpos jóvenes y bellos, a las que preguntaban por su profesión, sus habilidades, su edad, o los idiomas que hablaban.  

En algún punto los deportados comenzaron a comprender que ser útiles para el Reich podía salvarles la vida, por lo que mentían para sobrevivir.  

En Auschwitz no bastaba con resistir: tenías que resultar útil. Mientras que unos perdían el aliento trabajando duramente hasta que parecían “esqueletos de uniforme”, otros “tenían la cara redonda”, porque sus tareas diarias les permitían tener acceso a más comida y sufrir menos riesgos.

Y aunque nadie estaba a salvo del todo, visto en perspectiva, el oficio no fue solo una ocupación, sino una posibilidad de seguir con vida, pero no fue la única.   

Imagen destacada: Foto de Frederick Wallace en Unsplash